martes, 20 de septiembre de 2016

Los remeros del Riachuelo



Un grupo de viejos socios del Club Regatas Almirante Brown recuperó la tradición de remar en el Riachuelo y hoy pelea por conseguir una sede propia. Memorias de una Buenos Aires que todavía no le daba la espalda al río.
Reproducida con permiso del autor, publicado en la Revista Brando de Enero del 2016.



Los remeros del Riachuelo
por Carlos Gradin (www.acumar.gov.ar/)
fotografía: Eduardo Carrera


Carlos Gradin nació en 1980 y estudió Letras. Fue editor de la revista Planta y Mancilla. Hace muchos años publicó una antología de ensayos sobre hackers y software libre. En 2011, un libro de poesía, spam. Escribió notas y ensayos sobre arte, tecnología y otros campos más imprecisos como la vida de los traductores free lance o Tiranos Temblad. Algunos de sus textos aparecieron en el suplemento Radar de Página/12, en Ni a Palos y en la revista Los Inrockuptibles. Desde este año forma parte del colectivo de artistas Expediciones a Puerto Piojo. Muchos de sus últimas notas tienen que ver con el Riachuelo.


Sábado por medio, al final de la Vuelta de Rocha –en esa curva que hace el Riachuelo en La Boca antes de desaparecer casi por completo en los fondos de la ciudad– se repite la misma escena curiosa: al borde del río un grupo de personas mira el ir y venir de los botes de remo. Algunos toman mate, otros charlan mientras esperan su turno para dar un paseo sobre el agua espejada que refleja la silueta imponente del Puente Avellaneda.


Quienes maniobran los remos y van y viene son los miembros del Club de Regatas Almirante Brown (CRAB). Ellos llaman a esa actividad “navegación de práctica” y hace años que la realizan, siempre con la esperanza de recuperar dos condiciones esenciales para seguir haciéndolo: un acceso al agua y un galpón donde colgar los botes. Por ahora, la Prefectura les presta su apostadero y les deja guardar los barcos en un tinglado.
“Acá se aprende”, dice Roberto Naone, secretario del CRAB. “Se hace un esfuerzo, se arma un grupo de amigos. Cuando llegas ya no sos una persona, sos un tripulante y te haces cargo de un bote con todo lo que eso implica”.
Hubo un tiempo en que tuvieron su propio lugar. Fue hace casi cincuenta años no muy lejos de donde zarpan ahora. Algunos de ellos son parte de la última camada que salió a remar con los botes del club que compitió en regatas hasta finales de los 70, cuando su sede funcionaba en Dock Sud.
“Ya había clubes en el Riachuelo en 1870 y 1880”, sostiene Naone. “Estaban el Hispano, La Marina. Algunos funcionaban en una barcaza. Apenas una rampa y un lugar para guardar los botes. La sede de La Marina se usó para aislamientos de los enfermos de fiebre amarilla, después la prendieron fuego. Estaba en la Isla de Marchi. Entonces muchos se fueron para el Tigre. El América, por ejemplo, se había instalado en tierras del Ferrocarril del Sud y se fue por presiones del frigorífico Anglo. Pero otros se quedaron”.
Naone es un ingeniero y hombre expeditivo cargado de información que lleva años impulsando iniciativas sociales en La Boca. En 2007, cuando se cumplían 150 años del aniversario de la muerte del Almirante Brown (el prócer de la fuerza naval argentina y una especie de santo laico del barrio), se cruzó con un amigo en uno de los actos, que conociendo su afición por la náutica, le preguntó: “¿Vos sabías que existe un club de remo que se llama Almirante Brown? Yo jugaba al básquet ahí. Te voy a llevar a verlo”. Así fue como Naone y Tito Escalese, su amigo, partieron un día en un auto desde La Boca, cruzaron el Puente Avellaneda, entraron en Isla Maciel y enfilaron hacia la calle Estévez, donde empieza Dock Sud y todavía persiste el muro perimetral del Brown. “¿Acá hay un club de regatas, ¿no?”, le preguntaron al primero que les abrió el portón. “No, acá ya hace rato que no viene nadie”, les respondieron.
Y era esperable. La calle lateral del club hoy es una de las colectoras de la autopista Buenos Aires-La Plata. En otros tiempos pasaba por ahí uno de los brazos del arroyo Maciel, ese torrente que obligaba a sus habitantes a cruzarlo en puentes o barcos, y por donde bajaban remando los socios del CRAB rumbo al Riachuelo.
Hoy el arroyo está entubado, enterrado bajo la autopista desde que en 1962 la Dirección Nacional de Vialidad proyectó el Acceso Sudeste. Cuando se expropiaron los terrenos, el Brown se quedó sin bajada al agua, y fue el inicio de sus tiempos difíciles.

La sede perdida
Sentado en la mesa de un bar Naone desgrana la hilera de datos que recopilaron en estos años, con su estilo cargado de ansiedad. Cuenta que la antigua sede, ya sin remeros, se abandonó alrededor del 92. De ese año son las últimas actas de socios que se lograron encontrar. Cuando perdieron la salida al agua, al entubarse el arroyo, el club había pasado un primero periodo de interrupción y muchos socios habían emigrado hacia otros clubes. Unos años después, lograron que la Administración General de Puertos les alquilara un terreno entre los diques de Dock Sud, y ahí estuvieron hasta que a principios de los 80 el reclamo de una deuda de impuestos los obligó a volver a su sede anterior. El barrio cambiaba. El lote nuevo fue absorbido por un gigantesco playón de contenedores, mientras se expandía el Polo Petroquímico y las fuerzas de seguridad reforzaban patrullajes y controles. Con los años, los recuerdos del club se volvieron casi una fantasía. La sede original terminó ocupada por familias –que todavía viven en sus terrenos– mientras asentamientos y barrios pobres crecían en los fondos, entre fábricas y ductos de petróleo.
Cuando empezó la pesquisa para recuperar esta historia, Naone también contactó a antiguos socios. Muchos de ellos habían seguido remando, pero ya exiliados en clubes como el Teutonia o La Marina en el Tigre, el Regatas de La Plata, y también en La Saladita, la laguna artificial de Dock Sud. Además de sus testimonios, las viejas fotos, los recortes de diarios y revistas eran pruebas fundamentales para la empresa que se proponían: demostrar que habían existido personas apasionadas por el remo en el Riachuelo, que incluso habían organizado un club con el que competían en torneos nacionales e internacionales.
En las actas que lograron recuperar quedaron plasmados las 105 regatas oficiales donde triunfaron sus equipos. Y los cincuenta botes que su galpón llegó a albergar en sus mejores épocas, entre los de competición y los de paseo, con los que salían a andar los fines de semana sus socios. Hoy solo les queda una reliquia como trofeo: un único bote que rescataron del galpón de la antigua sede y que guardan en Argencables, una tienda de eslingas y cables de acero que a su vez es parte de las reminiscencias portuarias del barrio. “Nos guardan el bote y nosotros les hacemos publicidad en nuestros boletines”, cuenta Naone y después presenta a Cosme Sena, ex remero del Brown e integrante de la tripulación de la última regata oficial que corrió en 1978.
El barquito está en el fondo del depósito entre rollos de alambre y tuberías, cubierto por una lona. Es un Hughes Pryce, un bote “cuatro largos Shell con timonel”, como dicen en la jerga. Era el bote de un socio inglés del club que se fue a combatir en la Segunda Guerra. Al morir en el frente de batalla fue donado por su familia con el pedido de que fuera bautizado con su nombre. “El carpintero nos dijo que tenía más valor simbólico que otra cosa y que no había mucho que se pudiera hacer para arreglarlo”, explica Naone, que tiene planes para botarlo el día que recuperen su sede.

Memoria del agua
Quien quiera conocer la historia de la época de oro de los remeros del Riachuelo debe conocer a Iris Boero. Odontóloga, con más de cincuenta años de profesión, recibe a todo el que quiera escuchar sus recuerdos en el living de su casa de Barracas, con una bandeja de dulces y gaseosa. “Nosotros nacimos en los botes”, es lo primero que dice, escoltada por su hermana Norma y su prima Hebe, y rodeada de álbumes de fotos con postales del club.
Las tres fueron remeras del CRAB. Son hijas y sobrinas de los hermanos Boero, quienes con otros vecinos de La Boca fundaron el CRAB en la década del 20. “Eran todos descendientes de italianos anarquistas”, dice Iris. Y recuerda: “Mamá iba a remar y les dejaba los chicos a Don Pedro, el cuidador del galpón. En ese momento era rarísimo. Imaginate, mujeres remando. Pero en el CRAB las mujeres fueron muy importantes. La primera regata que ganó el club fue en 1929. Y después ganó muchas más. Mi tía Irma Cancogni fue tapa de El Gráfico dos veces, por ejemplo”.
Así repasan los logros del club como los de su remero más importante, Oscar Almirón, que llegó a participar de un equipo en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. “Cuando mi papá y mis tíos empezaron a armar el club, al tío Remo le decían que eso era «como hacer un agujero en el agua». Porque un club de remo ahí era imposible, era un sueño. Pero ellos se empeñaron y lo consiguieron”, recuerda con orgullo y sigue con la pasión heredada: “Nosotras a los trece, catorce años ya íbamos a remar. Era el 55, o el  56. Ahí empezamos, y a los 18 ya nos entrenábamos para competir”. Su prima completa: “Había un circuito de competencias. Para las mujeres era de 700, 800 metros. Para los hombres de 1100 o 1500. Se corría en el Tigre, La Plata, Santa Fe, Paraná, Rosario… Íbamos en tren y los botes los llevaba un camión. A veces nos prestaban los botes, pero era un desastre porque el bote de carrera es muy sensible, hay que regularlo de acuerdo con tu contextura, la altura, el largo de los remos, etc. Por eso, también se construían botes en un taller de carpintería que tenía el Brown”.
Mientras hablaban, las tres mujeres se pasan fotos en las que reconocen caras de viejos amigos o escenarios de regatas donde compitieron. Ahí se ve el arroyo Maciel con los botes estacionados en la rampa del club al lado del galpón, y al fondo y alrededor, el entorno arbolado, la vegetación que hasta los años 60 todavía se mantenía, junto a las hueras de frutas y verduras que los vecinos llevaban a vender a los mercados de la zona. “Después de remar volvíamos y jugábamos al básquet. Nos quedábamos a la tarde; a la noche a veces había baile. Era más que deporte, era un lugar para estar y divertirse".

Volver
Con paciencia, entre todos los socios históricos y nuevos del CRAB, el club consiguió volver a remar en el Riachuelo. Primero en procesiones religiosas, como la de Santa Catalina de Siena, o en las remadas anuales por la recuperación del río. Y finalmente en la navegaciones quincenales que organizan en Vuelta de Rocha. Carlos Duszkiewicz y Carlos Custodio, dos amigos que hacía cincuenta y treinta años que no remaban en el Riachuelo, fueron de los últimos en sumarse.
“A nosotros nos decían petiteros”, dice Duszkiewicz sobre sus años en la sede del CRAB. “Los vecinos pasaban por al lado del club  veían a las chicas tomando sol o a nosotros preparando los remos todos bronceados y se imaginaban que éramos como de la alta sociedad. Pero éramos todos trabajadores, por eso entrenábamos a la noche: yo trabajaba en un taller mecánico, y después seguí en ese rubro toda la vida”. Duszkiewicz remó en el Brown desde finales de los 50, hasta que se terminó el entubamiento del arroyo Maciel en 1965. “Todavía podíamos bañarnos en el arroyo. Los días de lluvia cuando crecía mucho el agua se despejaba y nos tirábamos de cabeza desde el puente de madera enfrente del club. También evoca los fines de semana cuando se armaba una larga hilera de botes que salían desde la rampa con parejitas y amigos que se iban a buscar dónde pasar el día. Una de las mayores atracciones era la travesía hacía un antiguo buque mercante encallado y abandonado frente a la Isla de Marchi, desde donde se tiraban clavados y se tedian al sol en la cubierta. El otro punto era Puerto Piojo, las playas de arena sobre el Río de la Plata, donde muchos vecinos de la zona iban a disfrutar de una costa hoy olvidada.
Ahora son las nueve en punto de un sábado y Duszkiewicz y Custodio son los primeros en salir en su bote de doble par de remos cortos. La mujer de Duszkiewicz oficia de timonel. Se los ve alejarse rumbo al Puente Transbordador y desaparecer más allá. “El agua está más limpia”, cuenta Custodio al regresar, algo sorprendido. “Antes, en las orillas había montones de caños que volcaban sustancias. Algunos días no se podía respirar por el olor. Había una baba pesada y se formaban islas que te frenaban el bote. No digo que esté para tomar, pero creo que eso no va a suceder por muchos siglos”.
A unos metros Naone coordina el final de la remada –hay que sacar los botes del agua, engancharlos con cadenas y subirlos con una grúa manual hasta el muelle elevado– mientras enumera las empresas y los organismos con los que hablaron hasta ahora en busca de apoyo. Les gustaría volver a tener un terreno, un lugar donde montar su galpón y una rampa con acceso al río, pero al momento siguen buscando. La antigua sede sigue ocupada y sus ofertas para canjear el terreno por otro en las orillas del Riachuelo siguen sin respuesta. Hay galpones abandonados en Isla Maciel que podrían albergarlos, dice, pero por ahora fueron ocupados por programas educativos de la Provincia. Otra posibilidad es reciclar un antiguo pontón semihundido que podría instalarse en la Isla de Marchi. Son puntas para explorar. “Por ahora subsistimos gracias al apoyo de Prefectura”, concluye.

El CRAB parece haber vuelto a la época de sus orígenes, cuando la idea de un club de remo en el Riachuelo era una excentricidad. “Vos estás loco, pero te quiero”, le dice una mujer a Naone, mientras el hombre, parado en la proa de una lancha, con su remera del club y el silbato marinero colgado del cuello, mantiene vivo al club sobre el agua.


Roberto Naone reconstruyó la historia del club. Hoy es su secretario.



1) Remero bajo el Puente Transbordador Avellaneda. 2) Norma Bonetti y otras remeras del Brown. 3) Un clavado en Puerto Piojo


4) En la rampa de botes del Brown. 5) Don Pedro, cuidador del galpón. 6) La sede del club en el arroyo Maciel.

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